La Abadía de Northanger

La Abadía de Northanger

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Henry, al verse obligado a decir estas cosas sobre su padre, resultaba tan digno de lástima como cuando se las confesó a sí mismo por primera vez. Se sentía avergonzado de la endeble defensa que se veía forzado a hacer. Su conversación con él en Northanger había sido muy poco amigable. La indignación que experimentó cuando supo cómo se había comportado con Catherine, cuando comprendió su punto de vista y recibió órdenes de atenerse a él, había sido abierta y decidida. El general, que acostumbrado a imponer su criterio en todo momento en la familia, esperaba una reacción sentimental pero no una rebeldía que osase manifestarse con palabras, apenas pudo hacer frente a la oposición de su hijo, que era tan firme como podían hacerla la sanción de la justicia y el dictado de la conciencia. Pero, en esta desavenencia, su irritación, aunque debió de impresionarle, no intimidó a Henry, que se sentía apoyado en su resolución por el convencimiento de que era justa. Se sentía unido a la señorita Morland, tanto por el honor como por el afecto, y convencido de que era su propio corazón lo que se había empujado a conquistar, ni la innoble retractación del tácito compromiso ni una orden de que lo anulara, fruto de un injustificable enojo, podían hacer mella en su fidelidad ni influir en las resoluciones que ésta lo forzaba a tomar.



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