La AbadÃa de Northanger
La AbadÃa de Northanger El estrechamiento de la amistad entre Catherine e Isabella fue tan rápido como efusivos habÃan sido sus comienzos, y se superaban tan velozmente todos los grados de un creciente cariño que pronto no quedaron nuevas pruebas que dar de él a sus amigos o mutuamente. Se llamaban por su nombre de pila, paseaban siempre cogidas del brazo, se unÃan al mismo grupo de baile y no se dejaban separar; si una mañana lluviosa les privaba de otras diversiones, mantenÃan su resolución de verse, desafiando la humedad y el barro, y se encerraban juntas a leer novelas. SÃ, novelas, pues no voy a adoptar esa poco generosa y poco polÃtica costumbre, tan común en los que escriben novelas, de denigrar con su despectiva censura las mismas manifestaciones cuyo número están ellos mismos incrementando, haciendo frente común con sus mayores enemigos al lanzar los más duros epÃtetos contra tales obras y no permitiendo casi nunca que las lea su propia heroÃna, la cual, si por casualidad coge una en sus manos, siempre hojeará sus insÃpidas páginas con desprecio. Porque, ¡ay!, si la heroÃna de una novela no es defendida por la de otra, ¿de quién puede esperar protección y consideración? ¿Cómo no vamos a sublevarnos contra esto? Dejemos que los periodistas censuren a sus anchas tales efusiones de la fantasÃa y ante cada nueva novela repitan los manidos y tontos argumentos con que la prensa gruñe en la actualidad. No nos engañemos entre nosotros: somos un cuerpo vituperado. Aunque nuestras producciones han gustado a más gente de modo espontáneo que las de cualquier otra corporación literaria del mundo, ningún otro tipo de literatura ha sido tan criticado. Por causa del orgullo, la ignorancia o las modas, nuestros enemigos son casi tan numerosos como nuestros lectores, y mientras que el talento del enésimo compilador de la Historia de Inglaterra, o de quien reúne en un volumen y publica una docena de lÃneas de Milton, de Pope y de Prior con un artÃculo del Spectator y un capÃtulo de Sterne, recibe los elogios de un millar de plumas, parece existir un deseo casi general de criticar la capacidad del novelista, menospreciar su obra y restar mérito a los escritos de quienes no tienen otra recomendación que su inventiva, su buen gusto y su genio. «No soy yo lector de novelas…». «Rara vez leo novelas…». «No vaya usted a creer que yo leo novelas…». «No está nada mal para ser una novela…». Tales son los tópicos más frecuentes. «Y ¿qué está usted leyendo, señorita…?», «Bah, ¡no es más que una novela!», replica la joven dejando a un lado el libro con afectada indiferencia o momentánea vergüenza. No es más que Cecilia, Camilla o Belinda: en resumidas cuentas, no es más que una obra en la que se manifiestan las más nobles facultades del espÃritu, una obra que transmite al mundo el más profundo conocimiento de la naturaleza humana, la más acertada descripción de sus variedades, las más animadas muestras de ingenio y de humor con el lenguaje más escogido. Ahora bien, si la misma joven hubiera sido sorprendida leyendo un tomo del Spectator en lugar de tal obra, ¡con qué orgullo habrÃa mostrado el libro y pronunciado su nombre! Aunque existen pocas probabilidades de que una joven se interese lo más mÃnimo por esa intrincada publicación, cuyo contenido y estilo no pueden sino desagradar a los jóvenes de buen gusto, al consistir lo esencial de sus artÃculos en la exposición de circunstancias improbables, personajes poco naturales y temas de conversación que ya no interesan a nadie que esté vivo, y todo ello en un lenguaje a menudo tan tosco que produce una impresión muy poco favorable de la época que pudo soportarlo.