La AbadÃa de Northanger
La AbadÃa de Northanger Al cabo de unos momentos, Catherine le aseguró con franca satisfacción que no tenÃa por qué seguir inquietándose, ya que los caballeros acababan de abandonar el salón del balneario.
—¿Y adonde han ido? —preguntó Isabella volviéndose rápidamente—. Uno de ellos era muy guapo.
—Se dirigÃan hacia la iglesia.
—Bueno, ¡no sabes cómo me alegro de haberme librado de ellos! Y ahora, ¿qué te parece si vamos a los Edgar Buildings a mirar mi nuevo sombrero? Dijiste que te gustarÃa verlo.
Catherine se apresuró a decir que sÃ, y añadió:
—El problema es que a lo mejor nos cruzamos con los dos jóvenes.
—¡Bah! No te preocupes por eso. Si nos damos prisa los adelantaremos; y me muero de ganas de ver mi nuevo sombrero.
—Pero si sólo esperamos unos minutos no habrá el menor peligro de encontrarse con ellos.
—No pienso darles ese gusto, te lo aseguro. No es mi estilo tratar a los hombres con tantos miramientos. Asà se malacostumbran.
Catherine no tenÃa nada que objetar a tal razonamiento, asà que para mostrar la independencia de la señorita Thorpe y su resolución de humillar al sexo opuesto, se pusieron inmediatamente en marcha caminando todo lo rápido que podÃan en pos de los dos jóvenes.