La Abadía de Northanger

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—Muy bien, Catherine. Exactamente como es él. No se me ha olvidado tu descripción del señor Tilney: «Piel morena, ojos oscuros y pelo castaño casi negro». Bueno, mis gustos son otros. Yo prefiero los ojos azules, y en cuanto a la tez, me gusta la piel cetrina más que ninguna. Si alguna vez descubres que alguno de tus conocidos responde a esa descripción, no debes traicionarme.

—¿Traicionarte? ¿Qué quieres decir?

—Nada, no me agobies. Creo que ya he hablado demasiado. Dejemos el tema.

Catherine obedeció con cierto asombro y, tras permanecer unos momentos en silencio, estuvo a punto de volver a lo que en aquel momento le interesaba más que cualquier otra cosa en el mundo: el esqueleto de Laurentina; pero su amiga se lo impidió.

—¡Por Dios santo! Vayámonos de este lado de la sala. ¿Has visto? Hay dos jóvenes odiosos que llevan mirándome media hora. De verdad que me sacan de quicio. Vamos a ver la lista de los recién llegados. No creo que nos sigan hasta allí.

Se alejaron para mirar en el libro, y mientras Isabella examinaba los nombres, Catherine se ocupaba de vigilar los movimientos de aquellos alarmantes jóvenes.

—No vendrán hacia aquí, ¿verdad? Espero que no tengan la desfachatez de seguirnos. Te suplico que me digas si vienen. Estoy determinada a no levantar la cabeza.


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