La AbadÃa de Northanger
La AbadÃa de Northanger —¡Sir Charles Grandison! Es un libro increÃblemente espantoso, ¿no? Recuerdo que la señorita Andrews no pudo acabar el primer volumen.
—No se parece en nada a Udolpho, pero aun asÃ, creo que es muy entretenido.
—¿De veras? Me sorprendes; pensé que era ilegible. Pero, mi querida Catherine, ¿has pensado ya en el sombrero que vas a ponerte esta noche? Estoy decidida a toda costa a ir vestida exactamente igual que tú. Los hombres se fijan en esas cosas, ¿sabes?
—Pero ¿qué importa si lo hacen? —repuso Catherine con mucha inocencia.
—¿Importar? ¡Dios mÃo! Tengo por norma no preocuparme nunca por lo que dicen. A menudo son increÃblemente impertinentes, si no les tratas con humor y les haces guardar las distancias.
—¿Ah, sÃ? Pues nunca me habÃa fijado. Conmigo siempre se comportan muy bien.
—¡Oh! Se dan unas Ãnfulas… Son las criaturas más arrogantes del mundo; y se creen importantÃsimos. A propósito, aunque lo he pensado un centenar de veces, se me olvida siempre preguntártelo. ¿Cómo te gustan más, morenos o pálidos? ¿Cuál es para ti la tez favorita en un hombre?
—No sé qué decirte. Nunca me habÃa parado a pensarlo. Una cosa intermedia, creo. Morenos… no demasiado pálidos, pero tampoco muy morenos.