La AbadÃa de Northanger
La AbadÃa de Northanger —Es rigurosamente cierto, te doy mi palabra; pero ya veo lo que ocurre: eres indiferente a la admiración de todos, excepto a la de ese caballero cuyo nombre no diremos. No, no puedo culparte —prosiguió, hablando ahora más seria—, tus sentimientos son fácilmente comprensibles. Cuando el corazón siente un verdadero afecto, sé muy bien lo poco que agradan las atenciones de cualquier otra persona. Todo resulta tan insÃpido, tan poco interesante, si no está relacionado con el objeto amado… Comprendo perfectamente tus sentimientos.
—Pero no debes recordarme que estoy pensando tanto en el señor Tilney, porque tal vez no vuelva a verlo nunca.
—¡No volver a verlo! Pero hija, no digas esas cosas. Estoy segura de que te morirÃas de pena si realmente pensaras eso.
—No, de verdad, no lo harÃa. No pretendo negar que me encantó su compañÃa; pero mientras tenga Udolpho para leer, me siento como si nadie pudiese hacerme infeliz. ¡Ay! ¡El horrible velo negro! Mi querida Isabella, estoy segura de que detrás se halla el esqueleto de Laurentina.
—¡Qué extraño se me hace que no hayas leÃdo Udolpho antes! Pero supongo que tu madre se opone a que leas novelas.
—No, no se opone. Ella misma lee a menudo Sir Charles Grandison, pero los libros nuevos no los encontramos por casa.