La AbadÃa de Northanger
La AbadÃa de Northanger —SÃ, sÃ, lo hago. No hay nada que yo no haga por mis amigas de verdad. No sé querer a la gente a medias, no es mi manera de ser. Mis afectos son siempre extremadamente intensos. En una de nuestras reuniones de este invierno le dije al capitán Hunt que no iba a burlarse de mà toda la noche y que no bailarÃa con él a menos que reconociera que la señorita Andrews es tan bella como un ángel. Los hombres no nos creen capaces de una verdadera amistad, ya lo sabes, y estoy decidida a mostrarles la diferencia. Asà que si alguna vez oigo a alguien hablar despectivamente de ti, me pondré hecha una furia… pero no es nada probable, porque tú eres exactamente la clase de mujer que está destinada a ser una gran favorita de los hombres.
—Pero por Dios —exclamó Catherine ruborizándose—. ¿Cómo puedes decir eso?
—Te conozco muy bien; eres animadÃsima, y eso es justo lo que le falta a la señorita Andrews; porque debo confesar que a veces es asombrosamente insÃpida. ¡Ah! TenÃa que decÃrtelo: justo después de separarnos ayer, vi a un joven mirándote con aire tan serio que pensé: «Estoy segura de que está enamorado de ella».
Catherine volvió a sonrojarse y a negar los hechos. Isabella se echó a reÃr.