La AbadÃa de Northanger
La AbadÃa de Northanger —Sé que son veinticinco —argumentó— por el tiempo que hemos tardado. Ahora es la una y media; salimos de la posada de Tetbury cuando daban las once en el reloj del pueblo, y apuesto a que no hay nadie en toda Inglaterra capaz de hacer que mi caballo cabalgue a menos de diez millas por hora; lo cual da como resultado exactamente veinticinco.
—Te falta una hora —dijo Morland—, no eran más que las diez cuando salimos de Tetbury.
—¡Las diez! ¡Eran las once, por mi vida! Conté las campanadas. Señorita Morland, su hermano quiere sacarme de mis casillas con sus argumentaciones. Mire mi caballo, ¿ha visto en toda su vida un animal tan bien dotado para la velocidad como éste? —El criado acababa de subirse en el coche y empezaba a alejarse—. ¡Es un pura sangre! ¡Tres horas y media para recorrer solamente veintitrés millas! Mire esa criatura e imagÃneselo si puede.
—Parece muy acalorado, eso es evidente.