La Abadía de Northanger
La Abadía de Northanger —¡Acalorado! No ha movido un pelo hasta que llegamos a Walcot Church; mire los cuartos delanteros, mire los ijares; fíjese nada más en cómo se mueve; ese caballo no puede ir a menos de diez millas por hora. Átele las patas y seguirá cabalgando. ¿Qué le parece mi calesa, señorita Morland? Bonita, ¿eh? Bien equipada, bien construida; la tengo apenas hace un mes. La hicieron para un tipo del Christchurch, un amigo mío, muy buena persona; la utilizó unas semanas hasta que, por lo visto, se vio obligado a deshacerse de ella. Precisamente en aquel momento andaba yo buscando un vehículo ligero de esa clase, aunque lo que yo andaba buscando era otro tipo de coche de dos caballos; pero el mes pasado me topé con él en Magdalen Bridge cuando iba camino de Oxford. «Ah, Thorpe», me dijo, «¿a ti no te interesará por casualidad un trasto de éstos? Es una maravilla, pero estoy harto de él». «Maldita sea», dije yo, «soy la persona que buscas. ¿Cuánto quieres?». ¿A que no sabe cuánto pedía, señorita Morland?
—Pues no, no tengo la menor idea.
—Construido para dos caballos, ¿eh? Con asientos, portaequipajes, guardabarros, faroles, molduras de plata, todo lo que ve, completo; armazón de hierro, como si fuera nuevo, o mejor. Me pidió cincuenta guineas; cerramos el trato al instante, le puse el dinero en la mano y el coche fue mío.