La AbadÃa de Northanger
La AbadÃa de Northanger —No lo dudo —repuso Catherine—; sé tan poco de estas cosas que no puedo juzgar si fue barato o caro.
—Ni lo uno ni lo otro; tal vez podrÃa haberlo conseguido por menos, pero no me gusta regatear, y el pobre Freeman necesitaba dinero.
—Un detalle por su parte —dijo Catherine muy satisfecha.
—¡Maldita sea! Cuando se tienen medios para hacer un favor a un amigo, no se puede ser mezquino.
Acto seguido se produjo una indagación referente a los futuros planes de las dos jovencitas y, al averiguarse adonde se dirigÃan, se decidió que los caballeros las acompañarÃan a los Edgar Buildings y presentarÃan sus respetos a la señora Thorpe. James e Isabella iban delante, y tan satisfecha iba ésta de su suerte, tan alegremente trataba de asegurar un agradable paseo a quien reunÃa la doble recomendación de ser amigo de su hermano y el hermano de su amiga, tan puros y libres de coqueterÃa eran sus sentimientos, que, aunque fueron rebasados en Milsom Street por los dos atrevidos jóvenes que la habÃan importunado antes, se hallaba tan lejos de desear atraer su atención que sólo se volvió a mirarlos tres veces.
John Thorpe seguÃa, desde luego, acompañando a Catherine y, tras unos minutos de silencio, volvió al tema de la calesa.