La Abadía de Northanger

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—Sin embargó, señorita Morland, habrá quienes la consideren una calesa barata, porque podría haberla vendido por diez guineas más al día siguiente; Jackson, uno del Oriel, me ofreció en seguida sesenta guineas; Morland es testigo.

—Sí —dijo Morland, que había oído esto sin querer—, pero olvidas decir que era con caballo incluido.

—¿El caballo? ¡Maldita sea! No vendería mi caballo ni por cien guineas. ¿Le gustan a usted los coches descubiertos, señorita Morland?

—Sí, mucho; apenas he tenido oportunidad de montar en uno, pero me encantan.

—Pues me alegro, la llevaré en el mío todos los días.

—Gracias —repuso Catherine un poco desazonada y dudando de lo decoroso de aceptar tal proposición.

—La llevaré a Lansdown Hill mañana.

—Gracias, pero ¿no necesitará descansar el caballo?

—¡Descansar! ¡Pero si hoy sólo ha recorrido veintitrés millas! ¡Qué absurdo! Nada echa a perder tanto un caballo como el descanso; no hay nada que los reviente antes. No, no. Haré correr al mío una media de cuatro horas diarias mientras esté aquí.

—¿De veras? —preguntó Catherine muy seria—. Eso serán cuarenta millas diarias.


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