La AbadÃa de Northanger
La AbadÃa de Northanger —¡Cuarenta! ¡O cincuenta, qué más da! Bueno, mañana la llevaré a Lansdown. No lo olvide, me he comprometido.
—¡Qué maravilla! —exclamó Isabella volviéndose—. Querida Catherine, cómo te envidio. Hermanito, ¿no tendrás sitio para un tercero?
—¡Un tercero! Pues no, claro que no. Como si hubiera venido a Bath para pasear a mis hermanas de un lado a otro. Eso sà que tendrÃa gracia, caramba. Quien tiene que ocuparse de ti es Morland.
Esto dio lugar a un intercambio de cortesÃas entre los otros dos del que Catherine no oyó ni los detalles ni el resultado. La perorata de su acompañante pasó entonces del tono hasta ahora animado a breves y sentenciosas observaciones de alabanza o condena ante cualquier mujer que encontraban a su paso, y Catherine, tras escuchar y mostrarse de acuerdo en la medida de lo posible, con toda la cortesÃa y deferencia propias de la mente de una joven, y el temor de aventurar una opinión que se opusiera a la de un hombre seguro de sà mismo, especialmente en lo tocante a la belleza de las de su sexo, se atrevió por fin a cambiar de tema con una pregunta que desde hacÃa tiempo dominaba sus pensamientos.
—¿Ha leÃdo usted por casualidad Udolpho, señor Thorpe?
—¡Udolpho! ¡Dios mÃo! Yo, no; nunca leo novelas. Tengo otras cosas que hacer.