La Abadía de Northanger

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La señora Morland era una mujer muy buena y deseaba lo mejor para sus hijos, pero tan ajetreada estaba con sus alumbramientos y la instrucción de los más pequeños, que sus hijas mayores quedaron inevitablemente a la deriva, así que no resultaba nada sorprendente que Catherine, que por naturaleza no tenía nada de novelesco, prefiriese a los catorce años el criquet, el béisbol, la equitación y triscar por el campo antes que leer un libro; queremos decir, un libro de estudio, pues siempre que no se pudiera sacar de sus páginas algo que se asemejase a un conocimiento útil y siempre que hubiera mucho argumento y poca reflexión, no ponía objeción alguna a la lectura. Sin embargo, entre los quince y los diecisiete años se estuvo preparando para convertirse en heroína; leyó cuantas obras deben leerse para abastecer la memoria de esas citas que tan prácticas y tranquilizadoras resultan en las vicisitudes de una vida agitada.

De Pope aprendió a censurar a quienes

«a burlarse del infortunio se entregan sin tasa».

De Gray, que:

«Más de una flor brota y florece sin ser vista

perfumando con su fragancia el aire del desierto».

De Thompson, que:

«Deliciosa es la tarea de enseñar


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