La Abadía de Northanger

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IX

La evolución del desencanto de Catherine tras los acontecimientos de aquella noche se produjo de la siguiente manera. En primer término, se manifestó en una insatisfacción general respecto a todos cuantos la rodeaban en el salón de baile; esto rápidamente dio lugar a un considerable aburrimiento y a violentos deseos de volver a casa, deseos que, al llegar a Pulteney Street, adoptaron la forma de un extraordinario apetito, el cual, una vez saciado, se convirtió en un imperioso deseo de meterse en la cama. Éste fue el punto extremo de su desesperación, pues, en cuanto estuvo acostada, se sumió de inmediato en un profundo sueño de nueve horas del que despertó perfectamente revitalizada, de un humor excelente, con renovadas esperanzas y nuevos planes. Su primer deseo al levantarse fue estrechar su amistad con la señorita Tilney, y su primera resolución fue ir a buscarla a mediodía al salón del balneario. Allí sería fácil encontrar a alguien que había llegado a Bath tan recientemente, y aquel edificio le parecía ya tan propicio para descubrir las excelentes cualidades femeninas y estrechar la amistad con una amiga, tan admirablemente favorable a las secretas conversaciones y a toda clase de confidencias, que concibió moderadas esperanzas de granjearse otra amistad en sus salones. Decidido así el plan matinal, se sentó ante su libro después del desayuno, resolviendo permanecer en aquel lugar y aquella ocupación hasta que el reloj diera la una, pues le incomodaban poco las observaciones y exclamaciones de la señora Allen, cuya vaciedad mental e incapacidad para pensar eran tales que, como nunca hablaba demasiado, nunca podía callarse del todo; así pues, cuando estaba sentada con su labor y perdía la aguja o rompía el hilo, oía un coche en la calle o veía una mancha en su vestido, se sentía obligada a decirlo en voz alta, hubiera o no alguien dispuesto a contestarle. A eso de las doce y media, unos golpes bastante fuertes en la puerta la llevaron apresuradamente a la ventana. Acababa apenas de informar a Catherine de que había dos coches descubiertos a la entrada, el primero ocupado sólo por un criado y el segundo por su hermano James y la señorita Thorpe, cuando oyeron que John Thorpe subía corriendo las escaleras e irrumpía en la casa gritando:


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