La AbadÃa de Northanger
La AbadÃa de Northanger —QueridÃsima Catherine —exclamó Isabella, a quien el deber de la amistad exigÃa hablar a su amiga antes incluso de que ella pudiera montarse en el coche—, has tardado por lo menos tres horas en arreglarte. Empezaba a temer que estuvieses enferma. ¡Qué baile tan maravilloso el de anoche! Tengo un millar de cosas que decirte; pero date prisa y sube a la calesa, que estoy deseando salir.
Catherine obedeció y se dirigió al coche, pero tuvo tiempo de oÃr cómo su amiga le decÃa en voz alta a James:
—¡Qué encanto de hermana tienes! ¡De verdad que la adoro!
—No vaya a asustarse si mi caballo cabriolea un poco al salir, señorita Morland —le advirtió Thorpe mientras le ayudaba con una mano a subir—. Lo más probable es que corcovee un par de veces y tal vez se tome un descanso de un minuto, pero reconocerá a su amo en seguida. Está brioso y es juguetón como él solo, pero no está resabiado.