La AbadÃa de Northanger
La AbadÃa de Northanger A Catherine la descripción no le pareció muy atractiva, pero era demasiado tarde para volverse atrás y ella demasiado joven para reconocer que tenÃa miedo, asà que, resignándose a su destino y fiándose de los conocimientos de equitación de los que presumÃa su dueño, se sentó apaciblemente y observó cómo Thorpe se acomodaba a su lado. Todo estaba dispuesto; el palafrenero, que se hallaba en tierra junto al caballo, recibió la orden, con voz engolada, de que «lo dejara libre», y se pusieron en marcha de la manera más tranquila que cabÃa imaginar, sin corcoveos ni nada que se le pareciera.