La Abadía de Northanger

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Encantada de que la partida hubiera sido tan feliz, Catherine manifestó en voz alta su satisfacción con agradecimiento y sorpresa. Su compañero se apresuró a aclarar el asunto a la perfección asegurándole que ello se debía sencillamente a la manera particularmente juiciosa en que había sujetado él las riendas y al singular discernimiento y habilidad con que había manejado su látigo. Aunque ella no podía evitar preguntarse por qué, teniendo un dominio tan perfecto del caballo, consideraba necesario asustarla con la anterior relación de las mañas de la bestia, Catherine se congratuló sinceramente de hallarse en las manos de tan excelente cochero y, advirtiendo que el animal seguía avanzando al mismo paso tranquilo, sin mostrarla más ligera propensión a una desagradable fogosidad, y que, considerando que su inevitable marcha era de diez millas por hora, no iba a una velocidad alarmante, se entregó de lleno a disfrutar del fresco y de aquel ejercicio tan estimulante en un espléndido y suave día de febrero con la conciencia de estar en buenas manos. A su primer y breve diálogo siguió un silencio de varios minutos, que fue roto por Thorpe, el cual dijo con cierta brusquedad:

—Ese viejo Allen es rico como un judío, ¿no? —Catherine no le comprendía y Thorpe repitió lo dicho explicándole—: El viejo Allen, el hombre con quien usted vive.

—¡Ah, el señor Allen, quiere decir! Sí, creo que es muy rico.


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