La Abadía de Northanger
La Abadía de Northanger Catherine escuchaba atónita; no sabía cómo conciliar dos relatos tan dispares sobre un mismo asunto, pues no había sido educada para comprender las baladronadas de un bravucón, ni para saber a qué afirmaciones gratuitas y descaradas inexactitudes puede conducir el exceso de vanidad. Su familia era gente corriente y vulgar que rara vez aspiraba a hacer exhibiciones de ingenio de ninguna clase; su padre se contentaba, a lo sumo, con un retruécano, y su madre, con algún refrán; no tenían, pues, por costumbre decir mentiras para darse importancia, ni afirmar una cosa que podían contradecir un momento después. Reflexionó la joven sobre el asunto durante un buen rato con gran perplejidad y estuvo más de una vez a punto de pedir al señor Thorpe una explicación más clara de su verdadera opinión sobre el asunto; pero se contuvo porque le daba la impresión de que la claridad no era su fuerte, ni tampoco el explicar con sencillez lo que antes había dejado en la ambigüedad; si se unía a esto el pensar que probablemente no iba a permitir que su hermana y su amigo quedasen expuestos a un peligro que él fácilmente podía evitar, decidió que Thorpe sabía de sobra que aquella calesa no ofrecía el menor peligro, y que no había por tanto razones para seguir preocupándose. Por parte de su acompañante, el asunto parecía enteramente olvidado, pues el resto de su conversación, o más bien charla, se refería siempre de principio a fin a él y a sus propias preocupaciones. Habló de caballos que había comprado por cantidades ínfimas y vendido por sumas increíbles; de carreras en las que su certero juicio había vaticinado al ganador; de partidas de caza en las que había abatido, sin hacer un solo buen disparo, más piezas que todos sus acompañantes juntos, y, a continuación, le describió cierto memorable día de caza en que su previsión y habilidad al dirigir la jauría habían enmendado los errores de los monteros más experimentados, y en el cual la valentía con que montó el caballo, aunque sin poner en peligro su vida ni por un momento, había llevado a los demás a toda clase de dificultades, haciendo que más de uno —concluyó con voz calmosa— se desnucara.