La AbadÃa de Northanger
La AbadÃa de Northanger —¿Romperse? ¡Dios mÃo! ¿Ha visto usted jamás cosa más inestable en toda su vida? No hay una pieza de acero a derechas en toda ella. ¡Las ruedas llevan desgastadas al menos diez años! ¡Y no hablemos de la carrocerÃa! Por mi vida que podrÃa hacerla pedazos usted misma con sólo tocarla. ¡Es el cacharro más diabólico y desvencijado que he visto jamás! ¡Gracias a Dios que la nuestra es mejor! No me dejarÃa llevar dos millas en esa tartana ni por cincuenta mil libras.
—¡Cielo santo! —exclamó Catherine presa de pánico—. Entonces, demos media vuelta, por favor; si seguimos adelante sufrirán un accidente. Demos la vuelta, señor Thorpe. Deténgase y hable con mi hermano; dÃgale lo inseguro que es su vehÃculo.
—¿Inseguro? ¡Dios mÃo! ¿Pero qué peligro hay? Sólo se darán un revolcón si se rompe. ¡Y hay cantidad de barro! SerÃa caer sobre blando, si se cayeran. ¡Diablos! Ese coche es suficientemente seguro si uno sabe conducirlo; un vehÃculo de ésos, en buenas manos, dura bien sus veinte años hasta que queda inservible. ¡Dios la bendiga! Me arriesgarÃa a ir y volver a York por cinco libras sin perder un solo clavo.