La AbadÃa de Northanger
La AbadÃa de Northanger Los comentarios de Thorpe volvieron acto seguido a girar sobre las virtudes de su carruaje, siendo ella entonces llamada a admirar el brÃo y la elegancia con que el caballo se movÃa, asà como la suavidad que aquel trote y las magnÃficas ballestas daban al movimiento del coche. Ella lo seguÃa, en la medida de lo posible, con toda su admiración. Precederle y superarle resultaba imposible. Los conocimientos de él y la ignorancia de Catherine en este tema, la velocidad con que se expresaba él y la timidez de ella, lo dejaban fuera del alcance de sus facultades; nada podÃa encontrar nuevo que alabar, pero se hacÃa eco en seguida de cualquier cosa que él diera en afirmar. Finalmente llegaron a la conclusión, sin mayores dificultades, de que su coche era sin lugar a dudas el más completo de su género en toda Inglaterra; su cabalgadura, la más bonita; su caballo, el que más corrÃa, y él mismo, el mejor cochero.
—No pensará de veras, señor Thorpe —preguntó Catherine aventurándose al cabo de un rato a dar el asunto por zanjado definitivamente y a ofrecer una pequeña variación en el tema—, que la calesa de James vaya a romperse…