La Abadía de Northanger

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Llegados ante la puerta de casa de los Allen, Isabella apenas pudo expresar con palabras la perplejidad que le produjo saber que era demasiado tarde para acompañar a su amiga a casa. «¡Más de las tres! ¡Era inconcebible, increíble, imposible!». Se negó a creer a su propio reloj, al de su hermano o al del criado, y no quiso creer lo que le asegurase nadie, ya se basara en la realidad o en la razón, hasta que Morland extrajo su reloj y comprobó el hecho. Haber seguido dudando en aquel momento habría sido igualmente inconcebible, increíble e imposible, y sólo pudo limitarse a protestar una y otra vez exclamando que en su vida habían transcurrido tan de prisa dos horas y media, recurriendo a su amiga para que lo corroborara. Catherine no podía mentir ni siquiera para agradar a Isabella, la cual, con el fin de evitarse el mal rato de oír disentir a su amiga, no esperó a escuchar la respuesta. Sus propios sentimientos la tenían completamente absorta y su dolor se agudizaba todavía más al verse obligada a volver de inmediato a su casa. Hacía siglos que no conversaba siquiera un momento con su queridísima Catherine y, aunque tenía millares de cosas que contarle, parecía que nunca fueran a estar de nuevo juntas. Así, con sonrisas de la más exquisita aflicción y los ojos sonrientes del más complejo desánimo, se despidió de su amiga y prosiguió su camino.

Catherine se encontró con la señora Allen, que acababa de regresar de su ajetreada ociosidad matinal y saludaba con estas palabras:


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