La Abadía de Northanger

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En este aspecto sus progresos fueron suficientes, y en muchos otros campos, extraordinarios. No sabía escribir sonetos, pero se obligaba a sí misma a leerlos, y aunque parecía improbable que fuese capaz de cautivar a los invitados a una fiesta ejecutando en el piano un preludio compuesto por ella, sabía escuchar las interpretaciones de los demás casi sin esfuerzo. Su mayor deficiencia seguía siendo el lápiz; no tenía noción alguna de dibujo; ni siquiera la suficiente para intentar acometer un boceto del perfil de su amado que resultase reconocible. En ello quedaba lamentablemente por debajo de su verdadera talla heroica. Pero en aquel momento, como no tenía un amado al que retratar, no se daba cuenta de su propia indigencia. Había llegado a la edad de diecisiete años sin haber conocido ningún apuesto galán que despertara su sensibilidad; no había inspirado pasión alguna en nadie ni había suscitado más que alguna admiración moderada y pasajera. ¡Un hecho verdaderamente insólito! Pero todo tiene su explicación si buscamos honradamente sus causas. En los alrededores no vivía ningún lord, ni siquiera un barón. Entre los conocidos de su familia no había ninguno que hubiese encontrado casualmente un niño ante una puerta, ni tampoco ningún joven de origen desconocido. Su padre no tenía guardés, y, por otra parte, el señor más acaudalado del pueblo carecía de descendencia.


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