La Abadía de Northanger
La Abadía de Northanger Volvió a casa exultante de alegría. La mañana había colmado todas sus esperanzas y la próxima noche se había convertido ahora en el centro de sus expectativas y el principal bien a que aspiraba. El vestido y el peinado que luciría en la ocasión pasaron a ser su principal preocupación. No tenía justificación para hacerlo. Los vestidos son siempre una distinción frívola, y una excesiva atención a ellos logra a menudo el efecto contrario al que se pretende. Gatherine sabía de sobra todo esto, su tía abuela le había leído un discurso sobre el tema precisamente en las Navidades anteriores, y, sin embargo, la noche del miércoles se pasó diez minutos despierta en la cama debatiéndose entre ponerse el vestido de muselina a lunares o el de muselina bordada; pero nada, salvo la falta de tiempo, le hubiera impedido comprarse uno nuevo. Y esto hubiera sido un error, grande aunque no infrecuente, del que un miembro del otro sexo, mejor un hermano que su tía abuela, la podía haber sacado, pues sólo el hombre conoce la insensibilidad de los hombres respecto a un vestido nuevo. Resultaría humillante para los sentimientos de muchas damas si les hiciera comprender lo poco que en el corazón de un hombre influyen el precio o la novedad de sus vestidos, lo poco que se deja influir por la textura de las muselinas y el mínimo afecto que despierta en él el hecho de que tengan lunares, puntillas, o que el tejido sea fino o grueso. Si la mujer es refinada, lo es sólo para su propia satisfacción; ningún hombre la admirará más, ni ninguna mujer le tendrá mayor simpatía. La pulcritud y el estar a la moda bastan a los primeros, y un poco de pobreza o de descuido resultan sobremanera atractivos para las segundas. Sin embargo, ninguna de estas graves reflexiones turbaron la tranquilidad de Catherine.