Los Watson
Los Watson —Querida Emma, el joven que estuvo aquà anoche y que vendrá también hoy me interesa más de lo que te figuras —empezó a decir, pero Emma, fingiendo no captar nada extraordinario en esas palabras, respondió algo irrelevante y, levantándose de un salto, eludió un asunto que le resultaba odioso. Puesto que Margaret no permitÃa que hubiera ninguna duda de que Musgrave vendrÃa a cenar, los preparativos para recibirle superaron con creces los de la vÃspera y, usurpando el puesto de su hermana, se pasó media mañana en la cocina, dirigiendo y regañando a discreción. Tras mucho cocinar en vano y esperar con ansiedad y expectación, los Watson se vieron obligados a sentarse sin su invitado. Tom Musgrave no apareció, y Margaret no hizo nada por ocultar su enfado y decepción ni por reprimir su mal humor. La paz familiar durante la visita de Robert y Jane —el resto del dÃa, asà como el siguiente—, se vio interrumpida por sus continuas quejas y sus fastidiosos ataques. Elizabeth fue el blanco principal de ambos. Margaret tenÃa suficiente respeto por la opinión de su hermano y de su cuñada para comportarse debidamente delante de ellos, pero Elizabeth y las criadas no parecÃan hacer nada bien y Emma, de quien parecÃa haberse olvidado, advirtió que la dulzura habÃa desaparecido de su voz mucho antes de lo esperado. Deseosa de pasar entre ellos el menor tiempo posible, Emma se mostró encantada de quedarse con su padre en el piso de arriba, y rogó que la dejaran hacerle compañÃa todas las noches. Elizabeth era tan sociable que preferÃa permanecer en el piso de abajo y hablar con Jane de Croydon —aunque Margaret las interrumpiera con sus perversos comentarios— a quedarse con su padre, quien a menudo no soportaba ningún tipo de conversación. Asà pues, accedió a la petición de su hermana cuando se convenció de que no suponÃa ningún sacrificio para ella. Emma encontró el cambio muy grato y aceptable. Su padre, aunque enfermo, sólo precisaba ternura y silencio y, siendo como era un hombre inteligente y cultivado, resultaba, cuando se sentÃa con fuerzas para conversar, una excelente compañÃa.