Mansfield Park

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La señora Norris tenía preparada la única objeción que le quedaba: haber asegurado categóricamente a la señora Rushworth que Fanny no podía ir y la extrañeza que causaría si la llevaban, dificultad que le parecía imposible de superar. ¡Sería de lo más sorprendente! Sería algo tan descortés, tan rayano en la falta de respeto hacia la señora Rushworth, cuyos modales eran el paradigma de la atención y la buena crianza, que realmente no se atrevía a llevarla. La señora Norris no tenía ningún cariño a Fanny, y nunca estaba dispuesta a facilitarle ningún placer; pero su oposición a Edmund se debía ahora más a su parcialidad en el plan, porque era suyo, que a ninguna otra cosa. Le parecía que lo había arreglado todo muy bien, y que cualquier alteración lo podía estropear. Así que cuando Edmund le replicó, como hizo cuando ella se dignó escucharle, que no tenía por qué preocuparse por la señora Rushworth, porque él había aprovechado la ocasión, al cruzarse con ella en el salón, para decirle que probablemente la señorita Price iría con el grupo, y al punto había recibido una invitación suficientemente clara para su prima, la señora Norris se sintió demasiado contrariada para resignarse de buen grado, y se limitó a decir:

—Muy bien, muy bien, como quieras; arréglalo a tu manera; por supuesto, a mí me da igual.

—Me parece muy raro —dijo Maria— que te quedes en casa por Fanny.


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