Mansfield Park
Mansfield Park Eran una familia notablemente hermosa: los hijos apuestos, las hijas decididamente guapas, y todos altos y adelantados para su edad, lo que producía un contraste sorprendente con la prima tanto en su físico como en sus modales; y nadie habría imaginado que las niñas fueran casi de la misma edad: en realidad, Fanny y la más pequeña se llevaban sólo dos años. Julia Bertram tenía doce y Maria sólo uno más. La pequeña recién llegada, entretanto, no podía sentirse peor. Asustada de todos, avergonzada de sí misma, deseosa de volver a su casa y de que la dejaran sola, no acertaba a alzar los ojos, y a duras penas conseguía hacerse oír, o contenerse para no llorar. Durante todo el trayecto desde Northampton, la señora Norris había venido hablándole de la inmensa suerte que había tenido, y de la infinita gratitud y buen comportamiento que debía mostrar; y su sentimiento de desventura aumentó al pensar que sería una perversidad por su parte no ser feliz. No tardó el cansancio del largo viaje en convertirse en un mal nada despreciable, también. Fueron inútiles las bienintencionadas condescendencias de sir Thomas y todos los oficiosos pronósticos de la señora Norris de que sería buena niña; inútil la sonrisa de lady Bertram, que la hizo sentarse en el sofá con ella y su perrita, inútil incluso que trajeran una tarta de grosella para consolarla: apenas había logrado engullir dos bocados cuando la interrumpieron las lágrimas; y pareciendo que el sueño sería el amigo más conveniente, fue llevada a la cama para que terminara allí sus penas.