Mansfield Park
Mansfield Park No produjo menos sonrisas en la casa parroquial que en el parque, este cambio de Edmund: la señorita Crawford estaba encantadora con la suya, y se puso a hablar del plan con una alegría tan súbitamente renovada, que sólo pudo tener un efecto en él. «Naturalmente, hacía bien en respetar tales sentimientos; él se alegraba de haberse decidido». Y la mañana transcurrió en muy dulces —ya que no muy sanas— satisfacciones. Una ventaja reporto a Fanny todo esto: a petición sincera de la señorita Crawford, la señora Grant accedió con su habitual buena disposición a hacer el papel que habían pedido a Fanny que hiciera, y eso fue todo lo que trajo de agradable este día para ella. Y hasta eso, cuando fue a comunicárselo Edmund, le llegó acompañado de dolor: porque era a la señorita Crawford a quien debía agradecérselo; a la señorita Crawford, cuyos amables esfuerzos debían suscitar su gratitud, y cuyo mérito al hacerlos fue ensalzado con el calor de la admiración. Fanny estaba a salvo; pero la paz y la seguridad no tenían nada que ver aquí. Jamás había tenido el espíritu más lejos de la paz. No pensaba en absoluto que había hecho mal; pero salvo en eso, se sentía desasosegada. Su corazón y su juicio estaban igualmente en contra de la decisión de Edmund: no podía absolver su inconstancia, y su alegría ahora la hacía desdichada. La dominaban los celos y la agitación. La señorita Crawford llegó con una expresión risueña que era como un insulto, y le dirigió un saludo amistoso al que a duras penas pudo contestar con serenidad. Todo el mundo a su alrededor se mostraba contento y activo, dichoso e importante; cada cual tenía sus intereses: su papel, su vestido, su escena favorita, sus amigos, sus aliados; todos andaban ocupados en consultar y comparar, o divertidos con la agudeza de sus propios comentarios. Sólo Fanny se sentía triste e insignificante. No participaba en nada; podía quedarse o marcharse, permanecer sentada en medio del bullicio o retirarse a la soledad de la habitación del este, sin que nadie la viera o la echara de menos. Casi pensaba que habría sido preferible cualquier cosa antes que esto. La señora Grant era importante: se encomiaba su buen carácter, se tenía en cuenta su gusto y su tiempo, se reclamaba su presencia, se la buscaba y atendía; y se la elogiaba. Y Fanny, al principio, corrió peligro de envidiarle el papel que había aceptado. Pero la reflexión le trajo mejores sentimientos, y le hizo comprender que la señora Grant tenía derecho al respeto, cosa que nunca habría podido tener ella, y que aunque le hubieran tributado el más grande, jamás habría estado a gusto sumándose a un plan que, sólo por consideración a su tío, debía condenar completamente.