Mansfield Park

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Había una persona en la casa, no obstante, a la que no podía dejar de mostrar su opinión con sólo su actitud. No podía por menos de dar a entender a la señora Norris que había esperado que hubiera interpuesto su consejo para evitar lo que sin duda desaprobaba ella misma. Los jóvenes habían sido muy desconsiderados al idear ese plan; debían haber sido capaces de discernir mejor por sí mismos; pero eran jóvenes y, salvo Edmund, les creía de carácter inestable; y eso mismo hacía que mirase la aquiescencia de la señora Norris ante sus actividades equivocadas, su tranquilidad ante sus diversiones peligrosas, con más sorpresa que si hubiese inspirado tales actividades y diversiones. La señora Norris estaba un poco desconcertada, y más callada que nunca en su vida; porque le daba vergüenza confesar que no había visto esa falta de decoro que para sir Thomas era tan evidente, y no habría admitido que su influencia era insuficiente, que les habría hablado en vano. La única salida era dejar el asunto lo antes posible, y desviar los pensamientos de sir Thomas hacia cauces más risueños. Tenía muchos méritos que insinuar sobre su atención general a los intereses y comodidades de la familia, muchos esfuerzos y sacrificios que considerar en forma de paseos apresurados o de abandono súbito de su sitio junto al fuego, y muchas indirectas excelentes a lady Bertram y a Edmund que detallar, para que desconfiaran y economizaran, gracias a las cuales se había conseguido siempre un muy considerable ahorro y se había descubierto a más de un criado desaprensivo. Pero su principal fuerza estaba en Sotherton. Su más grande apoyo y gloria estaba en haber propiciado la relación con los Rushworth. Ahí era invulnerable. Se atribuía el mérito de haber hecho que la admiración del señor Rushworth por Maria desembocara en algo positivo.


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