Mansfield Park
Mansfield Park El baile era ahora cosa decidida y, antes de acabar el día, anunciada a todos los interesados. Se enviaron las invitaciones con premura, y muchas jóvenes se fueron a dormir esa noche con la cabeza llena de felices cuidados, igual que Fanny. Para ella, esos cuidados iban a veces casi más allá de la felicidad; porque, joven e inexperta, con pocas posibilidades de elección y ninguna confianza en su propio gusto, el «cómo ir vestida» era un asunto de angustiosa preocupación; y el casi único adorno de su propiedad, un precioso crucifijo de ámbar que William le había traído de Sicilia, era su más grande motivo de angustia, porque no tenía sino un trocito de cinta con que atárselo; y aunque ya lo había llevado así una vez, ¿estaría bien llevarlo así en esa ocasión, junto a los ricos adornos con que imaginaba que aparecerían las otras damas? Pero ¿cómo no llevarlo? William había querido comprarle una cadena de oro también, pero no se lo había podido permitir; así que no llevar el crucifijo podía deprimirla incluso con la perspectiva de que el baile se diera principalmente para su satisfacción.