Mansfield Park

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Tan pronto como Mary pudo acallar su impaciencia, Henry fue tan feliz contando como ella escuchando, y siguió una conversación casi tan interesante para ella como para él; aunque en realidad no tenía otra cosa que contar que sus propios sentimientos, ni nada en que demorarse sino en los encantos de Fanny: la belleza de rostro y figura de Fanny, la gracia de modales y bondad de corazón de Fanny, eran su tema inagotable. Se extendió fervientemente en la mansedumbre, modestia y dulzura de su carácter, en esa dulzura que es parte tan esencial de toda mujer a juicio del hombre, que, aunque a veces ama donde no está, nunca llega a creerla ausente. Tenía buenas razones para confiar en su carácter, y alabarlo. Había visto muchas veces cómo lo ponían a prueba. ¿Había alguien en la familia, exceptuando a Edmund, que de una u otra manera no la hiciera ejercitar a diario su paciencia y circunspección? Era mujer de afectos evidentemente fuertes. ¡Había que verla con su hermano! ¿Qué otra cosa podía probar más deliciosamente que el calor de su corazón era tan grande como su dulzura? ¿Qué más estimulante para el hombre que aspiraba a su amor? Luego, su agudeza era rápida y clara sin la menor duda; y sus modales eran espejo de su espíritu modesto y elegante. Pero eso no era todo. Henry Crawford tenía demasiado sentido común para no comprender el valor de los buenos principios en una esposa, aunque estaba demasiado poco acostumbrado a reflexionar seriamente para conocerlos por su nombre. Pero cuando decía de ella que tenía una conducta tan firme y ordenada, un concepto tan alto de la honra y una observancia del decoro que garantizaban a cualquier hombre la más absoluta confianza en su fe e integridad, expresaba lo que le inspiraba el saberla religiosa y dotada de principios.


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