Mansfield Park
Mansfield Park Entretanto, Fanny, que hablaba sólo cuando no tenía más remedio, se esforzaba en entender qué se proponían el señor y la señorita Crawford. Todo en el mundo estaba en contra de que fueran en serio, salvo las palabras y la actitud de él. Todo lo natural, lo probable y lo razonable estaba en contra: sus respectivos hábitos, sus maneras de pensar y sus deméritos. ¿Cómo podía ella haber despertado un afecto serio en un hombre que había conocido a tantas, era admirado por tantas, había flirteado con tantas, infinitamente superiores a ella, que parecía tan poco inclinado a los sentimientos estables, aun cuando se hubieran hecho todos los esfuerzos por agradarle, que opinaba de manera tan despectiva, tan despreocupada, tan insensible, sobre cuestiones que tanto representaban para todo el mundo, y parecía no encontrar a nadie esencial para él? Y más aún, ¿cómo imaginar que su hermana, con todas sus ideas elevadas y mundanas del matrimonio, alentara algo formal en esa dirección? Nada podía haber menos natural en uno y otro. Fanny se avergonzaba de sus propias dudas. Cualquier cosa era posible, antes que un afecto serio o una seria aprobación de tal afecto hacia ella. Había llegado a este convencimiento cuando se les unieron sir Thomas y el señor Crawford. Lo difícil fue mantener tal convicción cuando el señor Crawford estuvo en la habitación; porque le dirigió una o dos veces una mirada que ella no supo qué significado corriente atribuirle; en cualquier otro hombre, al menos, habría dicho que significaba algo muy explícito y formal. Sin embargo, trató de creer que no expresaba sino lo que podía haber dirigido a sus primas o a cincuenta mujeres más.