Mansfield Park

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Crawford fue al día siguiente; y con motivo del regreso de Edmund, a sir Thomas le pareció más que justificado pedirle que se quedase a cenar; en realidad, era un detalle obligado. Se quedó, naturalmente, y Edmund tuvo entonces amplia ocasión de observar cómo le iba con Fanny, y qué grado de inmediato aliento podía deducir de la actitud de ella; y fue tan poco, tan poquísimo (toda oportunidad, toda posibilidad descansaba sólo en su turbación; si no había esperanza en su turbación, no la había en nada más), que casi le asombraba la perseverancia de su amigo: Fanny se lo merecía todo; la consideraba digna de toda la paciencia, de todos los esfuerzos; pero pensó que él no habría seguido con ninguna mujer del mundo que no hubiera ofrecido algo más a su ánimo que lo que sus ojos leían en los de ella. Deseó fervientemente que Crawford viese más claro; y ésta fue la conclusión más consoladora para su amigo que pudo sacar de cuanto vio que ocurría antes, durante y después de la cena.

En la velada tuvieron lugar ciertos detalles que le parecieron más prometedores. Al entrar Crawford y él en el salón, su madre y Fanny estaban tan calladas y absortas en la labor que parecía que nada más les importaba. Edmund no pudo por menos de notar su aparente concentración.


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