Mansfield Park
Mansfield Park Perdona que no te haya escrito antes; Crawford me dijo que deseabas tener noticias mÃas, pero me ha sido imposible escribir desde Londres, en la convicción de que comprenderÃas mi silencio. De haberte podido enviar unas lÃneas felices, no te habrÃan faltado, pero eso era algo que no dependÃa de mÃ. He vuelto a Mansfield menos seguro de lo que estaba cuando me marché. Mis esperanzas han menguado mucho. Probablemente ya estarás enterada. Dado el cariño que te tiene la señorita Crawford, es muy natural que te cuente sus sentimientos, lo que probablemente te habrá dado alguna pista sobre los mÃos. Esto no es impedimento, de todos modos, para contártelos yo. No tienen por qué coincidir nuestras confidencias. No haré preguntas. Hay algo confortante en la idea de que tenemos la misma amiga, y que sean cuales sean las desafortunadas diferencias de opinión que puede haber entre nosotros, estamos unidos en nuestro cariño a ti. Será un consuelo para mà contarte cómo están las cosas, y cuáles son mis planes actuales, si es que son planes lo que tengo. Estoy aquà desde el sábado. He pasado tres semanas en Londres, y la he visto (en Londres) a menudo. Los Fraser me han dispensado las atenciones que lógicamente cabÃa esperar. Quizá no he sido razonable al ir con la esperanza de continuar una relación como la de Mansfield. Fue su actitud, sin embargo, más que la escasez de nuestros encuentros. Si se hubiese portado de otro modo cuando la vi, no tendrÃa ninguna queja; pero desde el principio mismo la noté cambiada: el primer recibimiento que me hizo fue tan diferente del que esperaba, que estuve a punto de abandonar Londres inmediatamente. No hace falta que entre en detalles. Ya conoces el punto flaco de su carácter, asà que puedes imaginar qué sentimientos y expresiones me torturaban. Estaba muy alegre, y rodeada de quienes prestan el apoyo de su propia insensatez a su espÃritu demasiado animado. No me gusta la señora Fraser. Es una mujer insensible y vanidosa que se ha casado enteramente por conveniencia, y aunque está claro que es desgraciada en su matrimonio, atribuye su decepción no a una falta de juicio o de carácter, o a la desproporción de la edad, sino a que en definitiva es menos rica que muchas de sus amistades, sobre todo que su hermana, lady Stornaway; y es defensora decidida de todo lo ambicioso y mercenario, con tal que sea bastante ambicioso y mercenario. Considero su intimidad con esas dos hermanas la mayor desgracia de su vida y la mÃa. La han estado llevando por mal camino durante años. ¡Ojalá se apartara de ellas! A veces no desespero de que ocurra, porque me parece que esa amistad se mantiene principalmente por ellas. Le tienen mucho cariño; pero estoy seguro de que ella no las quiere como te quiere a ti. Desde luego, cuando pienso en el gran afecto que te tiene y en su manera honesta y juiciosa de portarse como hermana, me parece una persona muy distinta, capaz de la mayor nobleza, y me reprocho haber interpretado con demasiada severidad su temperamento jovial. No puedo renunciar a ella, Fanny. Es la única mujer del mundo con la que podrÃa pensar en casarme. Si no creyera que siente algo por mà no dirÃa esto, como es natural. Pero creo que es asÃ. Estoy convencido de que me tiene una clara preferencia. No siento celos de nadie en concreto. Es de la influencia del mundo elegante, de la que estoy celoso. Es de los hábitos de la riqueza, de lo que tengo miedo. Su modo de pensar no está por encima de lo que su propia fortuna permite garantizar, pero sobrepasa lo que nuestros ingresos juntos podrÃan autorizar. Sin embargo, incluso aquà hay algo que me consuela. SoportarÃa mejor perderla por no ser suficientemente rico, que por mi profesión. Porque sólo probarÃa que su afecto no es lo bastante fuerte para afrontar sacrificios que, en realidad, no tengo derecho a pedirle; y si me rechaza, creo que ése serÃa un justo motivo. Creo que sus prejuicios no son lo fuertes que eran. Te expongo mis pensamientos tal como me vienen, mi querida Fanny; quizá son a veces contradictorios, pero no dejarán de ser un fiel reflejo de mi espÃritu. Una vez que he empezado, es un placer para mà contarte todo lo que siento. No puedo renunciar a ella. Unidos como ya estamos, y como espero que vamos a estar, renunciar a Mary Crawford serÃa renunciar a la sociedad de algunos de los seres más queridos para mÃ, serÃa desterrarme de las casas y los amigos a los que, en cualquier otro infortunio, acudirÃa en busca de consuelo. Pienso que la pérdida de Mary supondrá la pérdida de Crawford y de Fanny. Si fuera cosa decidida, un rechazo efectivo, espero que sabrÃa soportarlo, y mitigar su ascendiente sobre mi corazón; y en el transcurso de unos años… Pero estoy diciendo tonterÃas: si me rechaza, tendré que sobrellevarlo; y hasta que lo haga, no dejaré de intentar conseguirla. Ésa es la verdad. La única cuestión es cómo. ¿Cuál es la forma más indicada? Unas veces pienso en volver a Londres después de Pascua, y otras decido no hacer nada hasta que ella vuelva a Mansfield. Incluso ahora habla con placer de estar en Mansfield en junio; pero junio está muy lejos, asà que creo que le escribiré. Tengo casi decidido explicarme por carta. Es sumamente importante saber a qué atenerme cuanto antes. Mi estado actual es penosamente desasosegado. Bien mirado, creo que el mejor medio de explicarme es a través de una carta. Me permite abordar muchas cosas que no podrÃa decir de palabra, y le dará tiempo a reflexionar, antes de decidir una respuesta; y en cuanto a mÃ, me da menos miedo la consecuencia de una reflexión que la de un impulso inmediato y apresurado. El mayor peligro estarÃa en que decidiera pedir consejo a la señora Fraser mientras yo estoy lejos y sin poder defender mi propia causa. Una carta está expuesta a todos los males de la consulta, y si el espÃritu anda falto de decisión, el que aconseja puede empujarlo, en un momento desafortunado, a hacer algo que después puede lamentar. Tengo que meditarlo un poco. Esta larga carta, exclusivamente dedicada a preocupaciones mÃas, es capaz de cansar incluso a una amiga como Fanny. La última vez que vi a Crawford fue en la fiesta de la señora Fraser. Cada vez me satisface más lo que veo y oigo de él. No hay la menor sombra de vacilación. Sabe exactamente lo que quiere, y obra conforme a sus decisiones… cualidad inestimable. No pude verles en la misma estancia, a él y a mi hermana Maria, sin recordar lo que me dijiste una vez; y reconozco que no se saludaron como amigos. HabÃa una marcada frialdad por parte de ella. Apenas hablaron. Vi que él se retiraba sorprendido, y lamenté que la señora Rushworth estuviera resentida por algún supuesto desaire a la antigua señorita Bertram. Sin duda querrás saber mi opinión sobre cómo le va a Maria como esposa. No hay la menor sombra de infelicidad. Espero que se lleven bien. Cené dos veces en Wimpole Street; podrÃa haberlo hecho más a menudo, pero es penoso tener a Rushworth como hermano. Julia parece que disfruta lo indecible en Londres. Yo he disfrutado poco allÃ… pero aquà aún disfruto menos. No formamos un grupo animado. Se nota mucho tu ausencia. Yo te echo de menos más de lo que me es posible expresar. Mi madre te envÃa muchÃsimos recuerdos, y espera recibir pronto noticias tuyas. No para de hablar de ti a todas horas, y siento ver la cantidad de semanas que le quedan aún de estar sin ti. Mi padre piensa ir personalmente a recogerte; pero no será hasta después de Pascua, en que tiene que ir a la capital a hacer unas gestiones. Supongo que eres feliz en Portsmouth; pero tu estancia no debe prolongarse un año. Te necesito en casa para que me des tu opinión sobre Thornton Lacey. No tengo valor para emprender reformas de consideración hasta saber si va a tener dueña. Creo que al final le escribiré. Los Grant se marchan a Bath; está decidido. Se van el lunes. Me alegro. No me siento con ánimos para ver a nadie. Tu tÃa, según parece, piensa que es una mala suerte que semejante noticia de Mansfield salga de mi pluma y no de la suya.