Mansfield Park
Mansfield Park No iba a disiparse pronto la sincera ansiedad que ahora se había despertado en el pecho maternal. La extrema impaciencia de Tom por estar en Mansfield, y la experiencia de las comodidades del hogar y de la familia en las que había pensado muy poco mientras gozaba de buena salud, indujeron probablemente a trasladarle demasiado prematuramente, porque le volvió la fiebre, y durante una semana se sumió en un estado más alarmante que nunca. Todos se asustaron muy seriamente. Lady Bertram le contaba sus terrores diarios a su sobrina, que ahora podía decirse que vivía de las cartas, y pasaba el tiempo padeciendo por la de hoy y suspirando por la de mañana. Pese a que no tenía especial afecto a su primo mayor, su ternura de corazón le hacía sentir que no podía prescindir de él; y su pureza de principios aumentaba su solicitud al pensar en lo poco útil, lo poco abnegada, que había sido (aparentemente) la vida de éste.
Susan era su única compañera y confidente en estas cosas, lo mismo que en otras más corrientes. Susan estaba siempre dispuesta a escuchar y a compadecer. Nadie se interesaba más en un mal tan remoto como la enfermedad de un familiar que vivía a más de ciento sesenta kilómetros; ni siquiera la señora Price, que se limitaba a hacer una o dos breves preguntas, si veía a su hija con una carta en la mano, y, de vez en cuando, un tranquilo comentario, como: «Mi pobre hermana Bertram debe de estar pasándolo muy mal».