Orgullo y prejuicio
Orgullo y prejuicio Las suposiciones del señor Bennet se habÃan confirmado. Su primo era tan absurdo como él creÃa. Le escuchaba con intenso placer, conservando, no obstante, la más perfecta compostura; y, a no ser por alguna mirada que le lanzaba de vez en cuando a Elizabeth, no necesitaba que nadie más fuese partÃcipe de su gozo.
Sin embargo, a la hora del té ya habÃa tenido bastante, y el señor Bennet tuvo el placer de llevar a su huésped de nuevo al salón. Cuando el té hubo terminado, le invitó a que leyese algo en voz alta a las señoras. Collins accedió al punto y trajeron un libro; pero en cuanto lo vio ―se notaba en seguida que era de una biblioteca circulante― se detuvo, pidió que le perdonaran y dijo que jamás leÃa novelas. Kitty le miró con extrañeza y a Lydia se le escapó una exclamación. Le trajeron otros volúmenes y tras algunas dudas eligió los sermones de Fordyce. No hizo más que abrir el libro y ya Lydia empezó a bostezar, y antes de que Collins, con monótona solemnidad, hubiese leÃdo tres páginas, la muchacha le interrumpió diciendo:
―¿Sabes, mamá, que el tÃo Phillips habla de despedir a Richard? Y si lo hace, lo contratará el coronel Forster. Me lo dijo la tÃa el sábado. Iré mañana a Meryton para enterarme de más y para preguntar cuándo viene de la ciudad el señor Denny.