Orgullo y prejuicio

Orgullo y prejuicio

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―¡Mi querido señor Bennet, que bueno eres! Pero sabía que al final te convencería. Estaba segura de que quieres lo bastante a tus hijas como para no descuidar este asunto. ¡Qué contenta estoy! ¡Y qué broma tan graciosa, que hayas ido esta mañana y no nos hayas dicho nada hasta ahora!

―Ahora, Kitty, ya puedes toser cuanto quieras ―dijo el señor Bennet; y salió del cuarto fatigado por el entusiasmo de su mujer.

―¡Qué padre más excelente tenéis, hijas! ―dijo ella una vez cerrada la puerta―. No sé cómo podréis agradecerle alguna vez su amabilidad, ni yo tampoco, en lo que a esto se refiere. A estas alturas, os aseguro que no es agradable hacer nuevas amistades todos los días. Pero por vosotras haríamos cualquier cosa. Lydia, cariño, aunque eres la más joven, apostaría a que el señor Bingley bailará contigo en el próximo baile.

―Estoy tranquila ―dijo Lydia firmemente―, porque aunque soy la más joven, soy la más alta.

El resto de la tarde se lo pasaron haciendo conjeturas sobre si el señor Bingley devolvería pronto su visita al señor Bennet, y determinando cuándo podrían invitarle a cenar.

 


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