Orgullo y prejuicio
Orgullo y prejuicio ―¡TonterÃas, tonterÃas!
―¿Qué significa esa enfática exclamación? ―preguntó el señor Bennet―. ¿Consideras las fórmulas de presentación como tonterÃas, con la importancia que tienen? No estoy de acuerdo contigo en eso. ¿Qué dices tú, Mary? Que yo sé que eres una joven muy reflexiva, y que lees grandes libros y los resumes.
Mary quiso decir algo sensato, pero no supo cómo.
―Mientras Mary aclara sus ideas ―continuó él―, volvamos al señor Bingley.
―¡Estoy harta del señor Bingley! ―gritó su esposa.
―Siento mucho oÃr eso; ¿por qué no me lo dijiste antes? Si lo hubiese sabido esta mañana, no habrÃa ido a su casa. ¡Mala suerte! Pero como ya le he visitado, no podemos renunciar a su amistad ahora.
El asombro de las señoras fue precisamente el que él deseaba; quizás el de la señora Bennet sobrepasara al resto; aunque una vez acabado el alboroto que produjo la alegrÃa, declaró que en el fondo era lo que ella siempre habÃa figurado.