Orgullo y prejuicio
Orgullo y prejuicio Elizabeth le honró por tales sentimientos y le pareció más atractivo que nunca mientras los expresaba.
―Pero ―continuó después de una pausa―, ¿cuál puede ser el motivo? ¿Qué puede haberle inducido a obrar con esa crueldad?
―Una profunda y enérgica antipatÃa hacia mà que no puedo atribuir hasta cierto punto más que a los celos. Si el último señor Darcy no me hubiese querido tanto, su hijo me habrÃa soportado mejor. Pero el extraordinario afecto que su padre sentÃa por mà le irritaba, según creo, desde su más tierna infancia. No tenÃa carácter para resistir aquella especie de rivalidad en que nos hallábamos, ni la preferencia que a menudo me otorgaba su padre.
―Recuerdo que un dÃa, en Netherfield, se jactaba de lo implacable de sus sentimientos y de tener un carácter que no perdona. Su modo de ser es espantoso.
―No debo hablar de este tema repuso Wickham―; me resulta difÃcil ser justo con él.
Elizabeth reflexionó de nuevo y al cabo de unos momentos exclamó:
―¡Tratar de esa manera al ahijado, al amigo, al favorito de su padre!