Orgullo y prejuicio
Orgullo y prejuicio ―¡Los libros! ¡Oh, no! Estoy segura de que no leemos nunca los mismos o, por lo menos, no sacamos las mismas impresiones.
―Lamento que piense eso;, pero si asà fuera, de cualquier modo, no nos faltarÃa tema. Podemos comprobar nuestras diversas opiniones.
―No, no puedo hablar de libros en un salón de baile. Tengo la cabeza ocupada con otras cosas.
―En estos lugares no piensa nada más que en el presente, ¿verdad? ―dijo él con una mirada de duda.
―SÃ, siempre ―contestó ella sin saber lo que decÃa, pues se le habÃa ido el pensamiento a otra parte, según demostró al exclamar repentinamente―: Recuerdo haberle oÃdo decir en una ocasión que usted raramente perdonaba; que cuando habÃa concebido un resentimiento, le era imposible aplacarlo. Supongo, por lo tanto, que será muy cauto en concebir resentimientos...
―Efectivamente ―contestó Darcy con voz firme. ―¿Y no se deja cegar alguna vez por los prejuicios? ―Espero que no.
―Los que no cambian nunca de opinión deben cerciorarse bien antes de juzgar.
―¿Puedo preguntarle cuál es la intención de estas preguntas?