Orgullo y prejuicio
Orgullo y prejuicio ―Conocer su carácter, sencillamente ―dijo Elizabeth, tratando de encubrir su seriedad―. Estoy intentando descifrarlo.
―¿Y a qué conclusiones ha llegado?
―A ninguna ―dijo meneando la cabeza―. He oÃdo cosas tan diferentes de usted, que no consigo aclararme.
―Reconozco ―contestó él con gravedad― que las opiniones acerca de mà pueden ser muy diversas; y desearÃa, señorita Bennet, que no esbozase mi carácter en este momento, porque tengo razones para temer que el resultado no reflejarÃa la verdad.
―Pero si no lo hago ahora, puede que no tenga otra oportunidad.
―De ningún modo desearÃa impedir cualquier satisfacción suya ―repuso él frÃamente.
Elizabeth no habló más, y terminado el baile, se separaron en silencio, los dos insatisfechos, aunque en distinto grado, pues en el corazón de Darcy habÃa un poderoso sentimiento de tolerancia hacia ella, lo que hizo que pronto la perdonara y concentrase toda su ira contra otro.
No hacÃa mucho que se habÃan separado, cuando la señorita Bingley se acercó a Elizabeth y con una expresión de amabilidad y desdén a la vez, le dijo: