Orgullo y prejuicio
Orgullo y prejuicio Elizabeth intentó disuadirle para que no hiciese semejante cosa asegurándole que el señor Darcy considerarÃa el que se dirigiese a él sin previa presentación como una impertinencia y un atrevimiento, más que como un cumplido a su tÃa; que no habÃa ninguna necesidad de darse a conocer, y si la hubiese, le corresponderÃa al señor Darcy, por la superioridad de su rango, tomar la iniciativa. Collins la escuchó decidido a seguir sus propios impulsos y, cuando Elizabeth cesó de hablar, le contestó:
―Mi querida señorita Elizabeth, tengo la mejor opinión del mundo de su excelente criterio en toda clase de asuntos, como corresponde a su inteligencia; pero permÃtame que le diga que debe haber una gran diferencia entre las fórmulas de cortesÃa establecidas para los laicos y las aceptadas para los clérigos; déjeme que le advierta que el oficio de clérigo es, en cuanto a dignidad, equivalente al más alto rango del reino, con tal que los que lo ejercen se comporten con la humildad conveniente. De modo que permÃtame que siga los dictados de mi conciencia que en esta ocasión me llevan a realizar lo que considero un deber. Dispense, pues, que no siga sus consejos que en todo lo demás me servirán constantemente de guÃa, pero creo que en este caso estoy más capacitado, por mi educación y mi estudio habitual, que una joven como usted, para decidir lo que es debido.