Orgullo y prejuicio
Orgullo y prejuicio Las hijas escucharon en silencio los lamentos de su madre. SabÃan que si intentaban hacerla razonar o calmarla, sólo conseguirÃan irritarla más. De modo que siguió hablando sin que nadie la interrumpiera, hasta que entró Collins con aire más solemne que de costumbre. Al verle, la señora Bennet dijo a las muchachas:
―Ahora os pido que os calléis la boca y nos dejéis al señor Collins y a mà para que podamos hablar un rato.
Elizabeth salió en silencio del cuarto; Jane y Kitty la siguieron, pero Lydia no se movió, decidida a escuchar todo lo que pudiera. Charlotte, detenida por la cortesÃa del señor Collins, cuyas preguntas acerca de ella y de su familia se sucedÃan sin interrupción, y también un poco por la curiosidad, se limitó a acercarse a la ventana fingiendo no escuchar. Con voz triste, la señora Bennet empezó asà su conversación:
―¡Oh, señor Collins!