Orgullo y prejuicio
Orgullo y prejuicio ―Te ruego que intercedas, querida Charlotte ―añadió en tono melancólico―, ya que nadie está de mi parte, me tratan cruelmente, nadie se compadece de mis pobres nervios.
Charlotte se ahorró la respuesta, pues en ese momento entraron Jane y Elizabeth.
―Ahà está ―continuó la señora Bennet―, como si no pasase nada, no le importamos un bledo, se desentiende de todo con tal de salirse con la suya. Te voy a decir una cosa: si se te mete en la cabeza seguir rechazando de esa manera todas las ofertas de matrimonio que te hagan, te quedarás solterona; y no sé quién te va a mantener cuando muera tu padre. Yo no podré, te lo advierto. Desde hoy, he acabado contigo para siempre. Te he dicho en la biblioteca que no volverÃa a hablarte nunca; y lo que digo, lo cumplo. No le encuentro el gusto a hablar con hijas desobedientes. Ni con nadie. Las personas que como yo sufrimos de los nervios, no somos aficionados a la charla. ¡Nadie sabe lo que sufro! Pero pasa siempre lo mismo. A los que no se quejan, nadie les compadece.