Orgullo y prejuicio
Orgullo y prejuicio Desde el salón no podÃan ver el camino, de modo que siempre era Collins el que le daba cuenta de los coches que pasaban y en especial de la frecuencia con que la señorita de Bourgh cruzaba en su faetón, cosa que jamás dejaba de comunicarles aunque sucediese casi todos los dÃas. La señorita solÃa detenerse en la casa para conversar unos minutos con Charlotte, pero era difÃcil convencerla de que bajase del carruaje.
Pasaban pocos dÃas sin que Collins diese un paseo hasta Rosings y su mujer creÃa a menudo un deber hacer lo propio; Elizabeth, hasta que recordó que podÃa haber otras familias dispuestas a hacer lo mismo, no comprendió el sacrificio de tantas horas. De vez en cuando les honraba con una visita, en el transcurso de la cual, nada de lo que ocurrÃa en el salón le pasaba inadvertido. En efecto, se fijaba en lo que hacÃan, miraba sus labores y les aconsejaba hacerlas de otro modo, encontraba defectos en la disposición de los muebles o descubrÃa negligencias en la criada; si aceptaba algún refrigerio parecÃa que no lo hacÃa más que para advertir que los cuartos de carne eran demasiado grandes para ellos.