Orgullo y prejuicio
Orgullo y prejuicio ―¿Pretende atemorizarme, viniendo a escucharme con esa seriedad? Yo no me asusto, aunque su hermana toque tan bien. Hay una especie de terquedad en mÃ, que nunca me permite que me intimide nadie. Por el contrario, mi valor crece cuando alguien intenta intimidarme.
―No le diré que se ha equivocado ―repuso Darcy― porque no cree usted sinceramente que tenÃa intención alguna de alarmarla; y he tenido el placer de conocerla lo bastante para saber que se complace a veces en sustentar opiniones que de hecho no son suyas.
Elizabeth se rió abiertamente ante esa descripción de sà misma, y dijo al coronel Fitzwilliam:
―Su primo pretende darle a usted una linda idea de mà enseñándole a no creer palabra de cuanto yo le diga. Me desola encontrarme con una persona tan dispuesta a descubrir mi verdadero modo de ser en un lugar donde yo me habÃa hecho ilusiones de pasar por mejor de lo que soy. Realmente, señor Darcy, es muy poco generoso por su parte revelar las cosas malas que supo usted de mà en Hertfordshire, y permÃtame decirle que es también muy indiscreto, pues esto me podrÃa inducir a desquitarme y saldrÃan a relucir cosas que escandalizarÃan a sus parientes.
―No le―tengo miedo ―dijo él sonriente.