Orgullo y prejuicio
Orgullo y prejuicio ―DÃgame, por favor, de qué le acusa ―exclamó el coronel Fitzwilliam―. Me gustarÃa saber cómo se comporta entre extraños.
―Se lo diré, pero prepárese a oÃr algo muy espantoso. Ha de saber que la primera vez que le vi fue en un baile, y en ese baile, ¿qué cree usted que hizo? Pues no bailó más que cuatro piezas, a pesar de escasear los caballeros, y más de una dama se quedó sentada por falta de pareja. Señor Darcy, no puede negarlo.
―No tenÃa el honor de conocer a ninguna de las damas de la reunión, a no ser las que me acompañaban.
―Cierto, y en un baile nunca hay posibilidad de ser presentado... Bueno, coronel Fitzwilliam, ¿qué toco ahora? Mis dedos están esperando sus órdenes.
―Puede que me habrÃa juzgado mejor ―añadió Darcy― si hubiese solicitado que me presentaran. Pero no sirvo para darme a conocer a extraños.
―Vamos a preguntarle a su primo por qué es asà ―dijo Elizabeth sin dirigirse más que al coronel Fitzwilliam―. ¿Le preguntamos cómo es posible que un hombre de talento y bien educado, que ha vivido en el gran mundo, no sirva para atender a desconocidos?