Orgullo y prejuicio
Orgullo y prejuicio Hizo una pausa y vio, indignada, que Darcy la estaba escuchando con un aire que indicaba no hallarse en absoluto conmovido por ningún tipo de remordimiento. Incluso la miraba con una sonrisa de petulante incredulidad.
―¿Puede negar que ha hecho esto? ―repitió ella.
Fingiendo estar sereno, Darcy contestó:
―No he de negar que hice todo lo que estuvo en mi mano para separar a mi amigo de su hermana, ni que me alegro del resultado. He sido más amable con él que conmigo mismo.
Elizabeth desdeñó aparentar que notaba esa sutil reflexión, pero no se le escapó su significado, y no consiguió conciliarla.
―Pero no sólo en esto se funda mi antipatía ―continuó Elizabeth . Mi opinión de usted se formó mucho antes de que este asunto tuviese lugar. Su modo de ser quedó revelado por una historia que me contó el señor Wickham hace algunos meses. ¿Qué puede decir a esto? ¿Con qué acto ficticio de amistad puede defenderse ahora? ¿Con qué falsedad puede justificar en este caso su dominio sobre los demás?
―Se interesa usted muy vivamente por lo que afecta a ese caballero ―dijo Darcy en un tono menos tranquilo y con el rostro enrojecido.