Orgullo y prejuicio
Orgullo y prejuicio ―Se equivoca usted, señor Darcy, si supone que lo que me ha afectado es su forma de declararse; si se figura que me habrÃa evitado el mal rato de rechazarle si se hubiera comportado de modo más caballeroso.
Elizabeth se dio cuenta de que estaba a punto de interrumpirla, pero no dijo nada y ella continuó:
―Usted no habrÃa podido ofrecerme su mano de ningún modo que me hubiese tentado a aceptarla.
De nuevo su asombro era obvio. La miró con una expresión de incredulidad y humillación al mismo tiempo, y ella siguió diciendo:
―Desde el principio, casi desde el primer instante en que le conocÃ, sus modales me convencieron de su arrogancia, de su vanidad y de su egoÃsta desdén hacia los sentimientos ajenos; me disgustaron de tal modo que hicieron nacer en mà la desaprobación que los sucesos posteriores convirtieron en firme desagrado; y no hacÃa un mes aún que le conocÃa cuando supe que usted serÃa el último hombre en la tierra con el que podrÃa casarme.
―Ha dicho usted bastante, señorita. Comprendo perfectamente sus sentimientos y sólo me resta avergonzarme de los mÃos. Perdone por haberle hecho perder tanto tiempo, y acepte mis buenos deseos de salud y felicidad.