Orgullo y prejuicio
Orgullo y prejuicio El sábado por la mañana Elizabeth y Collins se encontraron a la hora del desayuno unos minutos antes de que aparecieran los demás; y aprovechó la oportunidad para hacerle los cumplidos de la despedida que consideraba absolutamente necesarios.
―Ignoro, señorita Elizabeth ―le dijo―, si la señora Collins le ha expresado cuánto agradece su amabilidad al haber venido; pero estoy seguro de que lo hará antes de que abandone usted esta casa. Hemos apreciado enormemente el favor de su compañía. Sabemos lo poco tentador que puede ser para nadie el venir a nuestra humilde morada. Nuestro sencillo modo de vivir, nuestras pequeñas habitaciones, nuestros pocos criados y nuestro aislamiento, han de hacer de Hunsford un lugar extremadamente triste para una joven como usted. Pero espero que crea en nuestra gratitud por su condescendencia y en que hemos hecho todo lo que estaba a nuestro alcance para impedir que se aburriera.
Elizabeth le dio las gracias efusivamente y dijo que estaba muy contenta. Había pasado seis semanas muy felices; y el placer de estar con Charlotte y las amables atenciones que había recibido, la habían dejado muy satisfecha. Collins lo celebró y con solemnidad, pero más sonriente, repuso: