Orgullo y prejuicio
Orgullo y prejuicio ―Hemos cenado nueve veces en Rosings, y hemos tomado el té allà dos veces. ¡Cuánto tengo que contar! Elizabeth añadió para sus adentros: «¡Y yo, cuántas cosas tengo que callarme!»
El viaje transcurrió sin mucha conversación y sin ningún incidente y a las cuatro horas de haber salido de Hunsford llegaron a casa de los Gardiner, donde iban a pasar unos pocos dÃas.
Jane tenÃa muy buen aspecto, y Elizabeth casi no tuvo lugar de examinar su estado de ánimo, pues su tÃa les tenÃa preparadas un sinfÃn de invitaciones. Pero Jane iba a regresar a Longbourn en compañÃa de su hermana y, una vez allÃ, habrÃa tiempo de sobra para observarla.
Elizabeth se contuvo a duras penas para no contarle hasta entonces las proposiciones de Darcy. ¡Qué sorpresa se iba a llevar, y qué gratificante serÃa para la vanidad que Elizabeth todavÃa no era capaz de dominar! Era una tentación tan fuerte, que no habrÃa podido resistirla a no ser por la indecisión en que se hallaba, por la extensión de lo que tenÃa que comunicar y por el temor de que si empezaba a hablar se verÃa forzada a mencionar a Bingley, con lo que sólo conseguirÃa entristecer más aún a su hermana.